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(VIIII) EL ERMITAÑO
Quien mira hacia fuera, sueña; quién mira hacia adentro, despierta (Jung).
Este arcano simboliza la introversión y el camino hacia el mundo interior, hacia el inconsciente.
Representa el arquetipo del Viejo Sabio. Encarna una sabiduría que no se encuentra en los libros. Su don es elemental y no tiene edad, como el fuego de su lámpara. Es hombre de pocas palabras, vive en el silencio de la soledad, el silencio anterior a la creación solo del cual puede tomar forma un nuevo mundo. No nos trae sermones, se ofrece a sí mismo. Por su simple presencia ilumina la búsqueda temerosa del alma humana y calienta los corazones vacíos de esperanza y de sentido.
Esta figura personifica “el arquetipo del espíritu”………el sentido oculto preexistente en el caos de la vida. Se distingue del Papa en que este monje no está entronizado como portavoz y árbitro de las leyes generales; se distingue de
la Justicia
en que no lleva ninguna balanza en la que pesar nuestros imponderables. Esta figura se nos muestra muy humana, caminando sobre el suelo e iluminando los pasos solo con la luz de su pequeña lámpara.
Como el Loco, es un caminante; la capucha de monje, prototipo del tocado del Loco, nos conecta con los hermanos del espíritu. Pero la marcha de este viajero es más comedida que la de aquel joven loco. No mira por encima del hombro, aparentemente, no necesita ya considerar lo que dejó atrás, asimiló la experiencia del pasado. Tampoco necesita escudriñar horizontes lejanos en busca de poderes futuros. Parece contento con el presente inmediato. Sus ojos están muy abiertos para percibirlo sea lo que sea. Va a captarlo y lidiarlo de acuerdo con su propia iluminación.
Su lámpara parece un símbolo adecuado para la introspección del místico. Mientras que el Papa enfatiza la experiencia religiosa bajo las condiciones que prescribe
la Iglesia
, el Ermitaño nos ofrece la posibilidad de la iluminación individual como una potencia humana universal, una experiencia no limitada a santos canonizados sino alcanzable, en algún grado, para toda la humanidad.
La llama de la linterna que sostiene el Ermitaño podría representar la quintaesencia del espíritu inmanente en toda vida, el fugaz quinto elemento que trasciende de los cuatro de la realidad mundana, nos ofrece esta luz interior, cuya llama dorada, por sí sola disipa el caos espiritual y la oscuridad.
Esta llama está parcialmente oculta por una cortinilla que la protege de los elementos, y quizá también para que su brillo no ciegue al Ermitaño o deslumbre a aquellos que encuentre por el camino. Sabe que su fuego ha de controlarse para que sea útil. Controlado puede protegerle y calentarle; descontrolado puede convertirse en una bestia que lo devore y destruya su mundo.
Una de las cortinas de la lámpara del Ermitaño es rojo-sangre, de manera que la luz que se ve a su través esté en contacto con el color carne y la sangre de la humanidad, teñida con las pasiones y compasiones que se destilan de la experiencia de una vida. Los otros colores de la carta nos hablan de un acercamiento que es natural más que filosófico y abstracto. La capa del monje es azul celeste color del Espíritu Celestial. El forro es amarillo, sugiriéndonos la conexión con el <oro filosofal>, esa pepita sustancia preciosa que fue meta de los alquimistas descubrir y liberar. El Ermitaño consiguió esta meta.
El Ermitaño ha encontrado dentro de sí-mismo lo que como sociedad perdió o ignoró.
Ahora el héroe se enfrenta al Ermitaño, si permanece abierto al mensaje del fraile, seguirá su ejemplo y empezará a descubrir y sentir su propia chispa interior, como hizo el Ermitaño. Si el héroe sabe escuchar el Sabio Anciano le puede ayudar a encontrar una lámpara propia.
Una de las maneras de interpretar erróneamente el sentido de estos personajes arquetípicos es pensar en tal figura de manera literal y no simbólicamente.
Identificarse con un arquetipo a cualquier edad puede tener fatales consecuencias.
El hecho cierto es que un personaje arquetípico es sobrehumano. Uno no puede jamás convertirse en una figura arquetípica. Cualquier intento en este sentido carece de esperanza y tiene elementos de tragedia. Pero cuando un joven reemplaza la capucha del feliz Loco por la del Ermitaño, el resultado es doblemente penoso, porque ha abandonado en el camino las potencialidades doradas propias de la juventud. Es como si su calendario interior se hubiera quedado revuelto.
Una mirada a los dulces ojos de este monje nos indica que ha caminado con esfuerzo a través de los siglos, no para predicar ni para reprendernos por hacer algo mal. Él quiere saber y va aceptar cualquier respuesta que le demos incluso el silencio si es esto todo lo que tenemos que ofrecerle. Sus ojos miran sin miedo, con calma, llenos de admiración, completamente abiertos. Podemos imaginar que su mente y corazón están igualmente abiertos. Su expresión puede combinar la admiración de la niñez con la paciencia de la experiencia.
En muchos otros aspectos, este extranjero parece encarnar aspectos de los dos polos opuestos del ser. Su barba y su lámpara nos sugieren la enseñanza y el espiritu masculinos, el fogoso yang, el polo positivo de la energía, mientras que su airosa capa y su gentil ademán nos indican una relación cercana al oscuro yin, la terrenal naturaleza femenina.
Este ermitaño debe de tener el mismo aguante que san Antonio, quien resistió a miles de demonios, la aberración monstruosa del espíritu humano que tienta al hombre en su soledad. Quizá este Sabio Anciano ha regresado para enseñarnos el olvidado arte de la soledad.
El arte de la individuación, convertirse en el único yo-mismo es (como su nombre indica) una experiencia intensamente personal y a veces muy solitaria. No es un fenómeno de grupo. Para descubrir quienes somos, tenemos que extraer finalmente aquellas partes de nosotros mismos que hemos proyectado en otros, aprendiendo a encontrar en el fondo de nuestra psique las fuerzas y carencias que habíamos visto previamente solamente en otros. Estos reconocimientos se facilitarán si podemos retirarnos de la sociedad por breves períodos y aprender a dar la bienvenida a la soledad.
Como compensación, estos períodos de introversión nos traen el beneficio de un incremento en la vida de la imaginación. Al faltarnos otra compañía, los personajes de nuestro mundo interior salen a escena.
El Ermitaño del tarot puede, pues, simbolizar la humanidad que camina solitaria por esta tierra, llevando solamente la pequeña luz de la consciencia diaria para iluminar la creciente masificación que trata de apoderarse de este mundo
El nueve representa la altura máxima del poder alcanzado por un solo número. Podemos observar el número nueve como símbolo del punto más alto de la consciencia que puede alcanzar el Ermitaño, como hombre, hasta que pueda enfrentarse a otra criatura que tenga igual capacidad de comprensión, o bien hasta que pueda descubrir, dentro de su propia psique, dimensiones de conocimiento desconocidas hasta ahora. El número nueve es también un número de gestación humana. Es también el número nueve un número de iniciación, puesto que simboliza el viaje del iniciado hacia su autorrealización. Sea cual sea la circunstancia en la cual el iniciado empiece su viaje y sea cual sea la experiencia que encuentre en su camino, al final debe, también él volver hacia símismo.
Como sucede con todas las figuras arquetípicas, si descuidamos captar sus mensajes voluntariamente, nos veremos obligados a ello a la fuerza: El no atender la llamada del Ermitaño a la introversión, puede dar como resultado una soledad forzada y un aislamiento derivadas de una enfermedad mental o psíquica. Cuando el mundo exterior reclama nuestra atención, no podemos permanecer hibernados en nuestra introversión como en una oscura caverna.
Tal como está representado el Ermitaño en el Tarot de Marsella, nos señala su capacidad para hacer una discreta retirada y volver después. Es un personaje solitario, aunque vista los hábitos de una orden religiosa con los cuales debe mantener algún contacto. Está representado en camino. Lo que acentúa su capacidad para la marcha entre estos dos mundos.
Así como nuestro ritmo vital es medido alternativamente por la inhalación y la exhalación, de la misma manera sigue un modelo rítmico nuestra necesidad de introversión y extraversión. El ermitaño es un maestro que nos ayuda a conocer nuestro propio pulso. Por la forma en que curva su báculo, y su hábito con él, nos sugiere un ritmo tan natural como el respirar. El plácido andar del fraile se hace eco del sereno <tempo> de su meditación. Este Ermitaño parece moverse firmemente; el movimiento de su marcha apunta ya el gesto de su retorno. Parece estar diciéndonos que la vida es un proceso, no un problema, es un viaje, no una meta.
Su visión interior (el Ermitaño) penetra en las divisiones arbitrarias de tiempo y espacio para revelarnos unos patrones del eterno presente llenos de significado. Consigue ver tan profundamente en el presente que aclara todo el tiempo: el pasado, el futuro, así como su interrelación. A este sabio se le atribuye la posesión del tiempo.
Este viajero utiliza su lámpara para iluminar su propia oscuridad. Su luz brilla para todos, por supuesto, pero no lo hace de modo deliberado. Si las vidas son iluminadas a su paso, se deberá a que ha ayudado quizá de la única manera en la que el ser humano puede ayudar a los demás, esto es; siendo plenamente él mismo.
Este sabio ilumina la sabiduría de una antigua plegaria incomprendida atribuida a los Amigos que dice así <“Dios me libre de ser “útil”>.
Cada uno de nosotros debe descubrir nuestra propia luz interior. En el momento en que traspasamos nuestra visión interior y nuestra responsabilidad a un imaginario <hermano mayor>, sea político, psicólogo o gurú, hemos perdido, tanto nuestra identidad cultural como nuestra propia humanidad.
Si no lo sacas de ti mismo, ¿dónde vas a ir a buscarlo?. Hemos de hacernos a la idea de que el Espíritu Santo no es algo externo a nosotros, algo que algún día con suerte llegaremos a alcanzar. El Espíritu Santo es una minúscula llama creada de nuevo con cada ser humando en cada generación. Con cada inspiración incitamos o accedemos al <pneuma> y recreamos el Espíritu. El Cristo es concebido, no hecho, lo que equivale a decir que Él nace de nuevo en cada uno de nosotros.
Prometeo robó el fuego del cielo y lo acercó a la humanidad. Me gusta pensar que el Ermitaño devuelve algo de este fuego sagrado a su fuente. Esto es lo que cada uno de nosotros hace al recrear el Espíritu.
¿Hay alguien ahí fuera? El Ermitaño espera nuestra respuesta.
El Ermitaño (El Fraile).
-Austeridad, pobreza, pocos recursos o dinero
-Penitencia, ascetismo.
-Conformismo.
-Religiosidad, oración, espíritu de sacrificio, paciencia, misticismo.
-Retraso, espera, reflexión.
-Estudio.
-Soledad, soltería.
-Prudencia, restricción.
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